31.5.06

[Crónica de unos días a su lado II]

Hoy, es decir ayer (es de madrugada y seguramente este post ya quedará registrado en miércoles), vi a mi querido y bien amado por sobretodas las cosas, novio. Quedamos de vernos en un Sanborn's a las 5 p.m. porque, por fin, íbamos a trabajar en un cuento suyo. Nos encontramos en la estación del Metrobús y fuimos directo a una mesa, frente a una taza de café y casi directo al tema que nos reunía.

Digo casi porque tuvimos un pequeño roce. La verdad es que no quería salir de casa, desde el fin de semana estuve enclaustrado en mi cuarto leyendo y escribiendo lo más que pudiera ya que la carga de trabajo es mucha (ensayos, reseñas, dictámenes, poemas, notas y un sin fin de cosas más pendientes). Irremediablemente hoy tuve que salir para verlo. En verdad me resistía así que llegué un poco irritado. En primer lugar me molestó mucho que cuando nos encontramos en la estación del Metrobús me llegará por detrás para asustarme. ¡Tengo un trauma severo con las personas que vienen o caminan a mis espaldas! Le pedí que no lo volviera a hacer. Luego, para refugiarme de la turbamulta y el mundanal ruido, iba leyendo Bernhard y me estaba maravillando cuando hube de bajar en la estación. Le dije lo maravilloso que es Bernhard contando como se está muriendo, poco a poco, y como se resiste a la muerte, se aferra a la vida. Con su característico dejo despectivo me dijo algo así como "para eso mejor leo a Faulker". No soporté el comentario y le grité: "¡entonces vete a leer a Faulkner!" Debí de haberle gritado muy feo porque se percató y ahora el que tuvo que ceder fui yo, me tranquilicé y le mentí: le dije que no le había gritado.

Entramos al restaurante y lo primero que me encuentro es a una persona un tanto cuanto desagradable. Pido mesa en el extremo contrario al que él está sentado. Mi novio y yo--no lo decimos, pero lo percibimos--estamos un poco irritados, vulnerables. Llega la mesera a tomar la orden: yo sólo quiero café, le dijo, al ver que él revisa una y otra vez la misma carta que contiene el mismo menú de hace siglos, sin decidirse (¡qué desesperación!); finalmente tomará té de manzanilla. Tomo un libro de cuentos que le presté y me sumo en su lectura; todo en rededor me es molesto.

Regresa la mesera a dejar las bebidas y tomar la orden de comida; yo ya he comido y no pido nada, él me consulta, musita algo y no le entiendo: ¿Qué?, le pregunto, vuelve a musitar, me desespero y la mesera también, tanto que da media vuelta y se va. Vuelvo a sumirme en las páginas del libro (me detengo en "Lighea" de Lampedusa). Después de un rato, cuadno me he serenado, le pido que empecemos con la revisión de su cuento. Conforme van transcurriendo los minutos la cosa se vas destensando. Voy al baño y luego a las revistas a echar un vistazo: necesito distracción. Vuelvo adentro y hace frío, el aire acondicionado es más frío allí. En cuanto puedo, cuando hemos terminado la sesión, le pido que nos vayamos; creo que no debí ir a un lugar a enclaustrarme más. Salimos a caminar sobre Insurgentes, nos encontramos a un conocido mío, caminamos por otra avenida y nos encontramos a otro conocido mío, más adelante nos metemos a la tienda de ropa de unos amigos, ellos sí, allí estamos un rato; al salir, me percato que un conocido va en una bicicleta. Quiere un helado (¡y yo me muero de frío!) y vamos en su búsqueda; otra vez, una larga sesión para que se decida por uno o varios sabores.

Al final, con su compañía, se me ha olvidado todo lo tenso, desesperado, agobiado, histérico que estaba. ¡Te amo!

Esta rola es para ti hermoso: Proud.

1 comentario:

Medeo Mandarino dijo...

La antes agremiada Medea se contagia de tan singular sentimiento y felicita a la sin par pareja.