29.6.08

[En la XXX Marcha del Orgullo Gay]


Nacho y yo en la Marcha Gay de ayer por las calles de la Ciudad de México. La crónica, otro día con más calma.

25.6.08

[Este blog está de luto]

José Téllez-Pon y Rebollo
(Tlalpuhaua, Michoacán, 1918- Ciudad de México, 2008)

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De cuatro abuelos que tenía cuando nací, en 2000 murió mi abuela materna y hoy la fue a alcanzar su marido que le sobrevivió estos años. Así que hoy sólo tengo a los dos paternos.

23.6.08

El populismo y el amarillismo tienen más en común de lo que se piensa. Si no, véase lo que ocurrió este fin de semana en esta Ciudad de los Lagos y Charcos: la corrupción y la negligencia motivan un operativo (que, dicen, sólo era una revisión rutinaria) en un antro de mala muerte en una zona marginal, el acto causa shock entre los chavos que estaban en el bar un viernes por la tarde y aquello acaba en "tragedia": 12 muertos. Luego, los medios tan hambrientos de qué decir en estos días de ayuno, se vuelcan sobre el hecho y más de la mitad de su tiempo lo dedican a esto, con enlaces, entrevistas, reportajes, comentarios, buuueno, todo de todo. Por su parte, las autoridades capitalinas emanadas del PRD lanzan su propia pirotecnia: pagan el velorio de los difuntos, reconocen a los dos policías caidos, amenazan con que, ahora sí, se aplicará todo el peso de la ley y hacen renunciar a los encargados del operativo para "coadyubar" a las investigaciones. Y hoy, por si fuera poco, el jefe de gobierno declara luto para la ciudad, el presidente da sus condolencias públicas y a él se une el presidente de Uruguay, que anda de visita por estos lares.

No soporto ninguna de las dos cosas, me caga estar escuchando tanta pendejada junta con pegada, tanto de los noticieros de la televisora que sea como de los gobiernos de la tendencia política que sea. Hay tantas y tantas tragedias diarias a lo largo del país a las que no se les da ni siquiera una nota en el periódico más rascuache del pueblo más lejano y ni la autoridad le hace el menor caso, además, ya se sabe, en este mísero país la ley no tiene ningún puto peso, ¡ni el del aire, pues!

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Viajes relámpago: así deberían ser todos para no echar raices, no extrañar, simplemente llegar a dormir del cansancio y no querer rememorar nada.

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Tengo un dolor raro en las piernas luego de vestir zapatos de negocios, pues siempre uso tenis, y de bailotear toda una noche cuando sé que ya me reventé todo lo que pude en mi temprana juventud. Digo dolor raro porque me duele el músculo que está al lado de las espinillas, o lo que comúnmente se conoce como espinillas, y no el chamorro o las ingles, como se pensaría. Eso sí, las nalgas también me duelen.

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Pérez Hilton está out, ahora los mejores chismes de la farándula están en jezebel.com.

20.6.08

Después de C., no podía andar por la calle sin toparme con Sentras grises en cada esquina. Ahora, por EI., veo Pointers dorados por todas partes.

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Hace unos meses alguien, con su comentario, condenaba a uno de sus amigos por haberse acostado con más de 100 personas; el inocente acusado era gay, claro. Ayer, alguien más dijo que una amiga suya --a quien conozco, por cierto-- alguna vez confesó que se sentía una puta porque se había acostado con unos 20 hombres a lo largo de su vida; la susodicha, como puede preverse, era mujer. Conclusión: si uno se acuesta con pocos es un puto, si se acuesta con muchos, de igual manera. Así que lo mejor es hacer de nuestra vida una papalote y de nuestro culo un rehilete --como bien diría un amigo--, sin ponerse a contar con cuantos nos acostamos.

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iTunes: 1933...


17.6.08

[Vegetarianos, végamos y macrobióticos contra carnívoros]

El pésimo y sesgado articulito de Lolita Bosch en el número de junio de Letras libres, sobre su ¿defensa? de los vegetarianos ("¡no me ayudes, comadre!", dice el dicho popular) me hace recordar la escena, esa sí maravillosa y genial, del matadero en Un año con trece lunas (1978), de Fassbinder. Elvira dice su monólogo mientras las vacas son degolladas, desolladas y rebanadas todas sus partes comestibles --algo que a un hindú le daría un shock súbito e instantáneo. Incluso debo decir más: muchas veces he puesto la película sólo para llegar a esa escena que me embelesa. Sólo allí, bajo esa estética tan fassbinderiana, soporto la tortura visual, sicológica y moral que es asesinar a un animal.

Cuando la gente se entera, o les digo que soy vegie, lo primero que preguntan, de inmediato es: ¿Por qué? La mayoría de las veces sé que van a preguntar eso y ya tengo preparada mi cantaleta. Les explico que soy un poco enérgico defensor de los animales, sé que debería y que podría hacer más por defenderlos, pero a veces no sé qué me pasa y soy tan pasivo a la hora de la hora (sin albúr, claro). Por eso, mientras mi indignación no haga mucho cuando veo en la televisión las escenas de las focas bebés asesinadas en Canadá, las cientos de ballenas cazadas en el Pacífico por barcos nipones, los francotiradores matando a las mamás osas para quedarse con sus crías en Siberia, o, sin ir más lejos, las tortugas cazadas en las costas oaxaqueñas, mientras no pueda hacer nada efectivo y contundente, creo que, al menos, puedo ayudar con no comérmelos.

Porque sucede que los nipones podrían justificarse diciendo que comer ballenas es parte de su cultura (como para los mexicanos es muy suyo comer guajolote con mole), y es muy válido. Es parte de sus tradiciones, de sus costumbres, como en Yucatán es parte de la costumbre maya comer venado. Pero como lo ha demostrado la historia de la humanidad, uno bien puede dejar o perder esas tradiciones o costumbres, entonces ¿por qué no dejar de comer carne? Es tan sencillo como dejar de fumar o beber alcohol. Entonces, mi vegetarianismo intenta ser parte de un pensamiento lógico y congruente.

Yo me indigno por esas acciones tan soberbias pero tan caras al ser humano. No me sorprenden, me indigno. Otra muy común es que quieran enjaretarme el pollo en cuanto saben que soy vegie. Jelou: ¡también es carne! El pollo, incluso, fue lo que menos extraño porque es lo que menos me gustaba. Luego, entonces, en lo primero que piensan enjaretarme es una ensalada. Mi amigo Omar Feliciano diría que somos vegetarianos, no ensaladeras. No estoy desnutrido ni soy anoréxico, siempre fui delgado --aunque quizá hoy lo sea más--, sé equilibrar mi alimentación, he aprendido a sustituir las porteínas animales con semillas y otros vegetales (los champiñones y la setas), y Omar me ha pasado algunas recetas de comida deliciosa que no necesita de carne.

Mi madre, unas semanas atrás, estaba fascinada viendo en la televisión la cría de codornices en alguna parte de México. Ella enlelada mientras el hombre ese dueño del criadero explicaba que eran los primeros productores de huevos de codornices y de codornices para llevar a la mesa y yo, con mi furia creciendo en mi interior, viendo la pantalla llena de codornices viviendo peor que en una vecindad, con unos focos arriba, atarantándolas, haciéndoles creer que es la luz del sol, comiendo, comiendo, comiendo, porque para eso las han hecho nacer: para engordarlas, robarles sus huevos y luego matarlas para que luego usté, lector, lectora, lectore, las deguste en su mesa. A mí eso me repatea. No soporto ver que los animales vivan así. Y lo mismo sucede con los cerdos, los pollos, los guajolotes, las vacas y las reses. ¿Quiénes somos nosotros para hacerles eso? Ellos estuvieron sobre la tierra primero que nosotros, ellos son los dueños de estas tierras, ellos deberían apoderarse del mundo porque es suyo y mandarnos a nosotros, viles seres humanos, al paredón.

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Omar, por cierto, tiene su idea propia de su vegetarianismo, una cosa muy sexual y política. Yo, ya se ve, no soy tan radical.

15.6.08

[Casa de citas]

Hoy amanecí de buenas, además, hace mucho que no posteo algo chistosón, los anteriores post aunque muy celebrados --muchas gracias, por cierto, a todos los que me han escrito comments, mails y por msn--, no dejan de ser muy serios. Así que aquí van un par de frases o epifanias recopiladas en los últimos días:

Un poema es una erección, una novela es un parto.

Umberto Saba en Ernesto.

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Somos vegetarianos, no ensaladeras.

Om.

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La Vichomil (J. V.) que en el bufe lleva la carga viral.

Una, una, una (diría ella).

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Una puta no tiene para ese shampoo.

JJB sobre la Denueve en Bella de día.

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No es tonta pero no sé qué hace con su inteligencia.

Del blog de la Lore.

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La verga es cabrona.

N.T.

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De 5 mil, quiero verle el chocho para que no me salgan con que es su imitadora del Oasis.

Sho a propósito de lo que pagaría por un bole del concierto de Madonna (por cierto, confirmadísimo para el 29 de noviembre, ¡qué putos nervios!).

14.6.08

[Viajar, perder países...]

A mi lado tengo el libro Terra cognita (FCE, 2007) de Mauricio Montiel Figueiras, del cual estoy escribiendo una reseña. Entre otras cosas, digo que cada autor ("Desde Homero hasta Joseph Conrad", llegando a Morand, Villaurrutia, Owen, Noteboom, Sebald, Pitol y Magris) ha desarrollado una idea, analogía, apología o creencia muy particular del viaje. La de Montiel Figueiras la expongo en esa reseña, la mía aquí:

Mi formación es totalmente villaurrutiana, así que creo en el viaje como creía Villaurrutia en él. Es decir, yo no me visualizo echando raíces en varios lados a lo largo de mi vida. Mi centro es y será mi lugar de origen, la majestuosa, espléndida y caótica y odiada Ciudad de México. Villaurrutia escribió una gran verdad: "Si fuera posible viajar sin llegar, yo sería el más decidido viajero". Yo diría, más villaurrutiano aún, que mejor que el deseo del viaje, es mantenerse en el deseo del viaje (y no me refiero, obvio, al viaje que producen ciertas drogas). "Villaurrutia ha sabido conservarse en el deseo del viaje, que es fecundo, y nosotros andamos ya en el viaje realizado, que es ceniza", sentencia el no menos grandioso Owen.

El gran Pessoa dice: "¡Viajar! ¡Perder países!" (lo cita también Montiel Figueiras). Me tienta esa idea, pero la verdad es que, para mí, eso sería más característico de un vil turista, y no es tan fácil como se piensa. No creo que se pueda viajar de esa manera, tan impune, porque por lo más turista que se sea uno se enfrenta con lo que Villaurrutia llama la peor de las enfermedades del viajero: la nostalgia. Una vez contraída esa enfermedad, y aquí cito de memoria, ya nada lo puede curar, sólo un nuevo viaje al lugar que se extraña... pero ese viaje sólo alimentará aún más esa nostalgia cuando uno parta. Porque sucede con frecuencia, y de forma por demás sigilosa, que ese lugar luego tiene cosas, lugares, personas que nos atan a su suelo, justo lo que Villaurrutia, y por tanto yo, quiere evitar a toda costa; los resultados muchas veces no son esos y la enfermedad nos consume. De ahí que yo no haga otra cosa que extrañar algunos lugares, unas cuantas calles, un par de museos, a mucha, mucha gente querida, y regresar siempre a las mismas ciudades : Oaxaca, La Habana, Tijuana, San Francisco...

"Ama los viajes absurdos que no tienen ruta fija ni punto cardinal", según Barba Jacob. Es decir, el viaje por el viaje mismo: véase, si no, El regreso del hijo pródigo, ese cuentito fabuloso de Gide basado en la famosísima fábula bíblica de San Marcos. No por otra razón Kavafis le deseaba al viajero por antonomasia, Ulises, una travesía llena de aventuras en su regreso a su añorada Ítaca. (Sobra decir que todos los viajes son de regreso, a donde sea que se vaya uno siempre estará regresando.)

Quizá otros tengan que salir de sus pueblos o ranchos a encontrar en otras ciudades lo que en su lugar de origen no hallaron. Otros no tenemos que vernos en tan penosa necesidad: Lezama Lima (quien compartía con Morand la idea del viaje alrededor de la alcoba), es el ejemplo más claro del viajero inmóvil. La idea más loca que he escuchado al respecto es que los viajes matan (Óscar David López dixit). Sigo sin encontrarle lógica o sentido. Trato de explicármelo y sencillamente no puedo. ¿Por que si todos sabemos que los viajes nutren y alimentan aquí se afirma que matan? Consumen, quizá, por la nostalgia del viaje, pero ¿matar?

En fin, yo, viajero, tengo mi centro aquí, desde aquí veo y, a veces, salgo a recorrer el mundo. Uno siempre debe tener un lugar al cual llegar a refugiarse, donde todo le sea reconocible a simple vista. Y, sin embargo, me consume el deseo de viajar. Y, sin embargo, sé que me deparan muchos viajes a lo largo de mi larga vida.

13.6.08

[Jueves en el Covadonga]

Hacía mucho, muchísimo tiempo que no ponía un pie en el Covadonga. Anoche fui porque allí me quedé de ver con Paola Tinoco y Alberto Aranda, quien finalmente no llegó porque lo mandaron del canal 22 a Tampico. Cuando llegué, el lugar estaba a reventar. No recuerdo que ningún otro jueves haya estado así de repleto; supongo que es el lugar de moda entre los niños bien, como cuando me dijeron que al Dandy del sur ya no se podía ni entrar porque es el lugar in en Tijuana.

No vi a Paola entre tanta gente, así que deambulé un poco por entre las mesas y me encontré, en una de ellas, a Ernesto Lumbreras. Me dio gusto verle; lo vi, incluso, un poco bronceado. Lo saludé y me dijo que estaban allí porque festejaba su cumple. En la mesa de Ernesto estaban, además, Enzia Verduchi, a quien también hacía rato que no veía, a Rocío González (¡años sin verla!), entre otras personas que no conocía; y, en otra mesa, a Armando González Torres, quien siempre me inspira una tranquilidad y serenidad extremas. Más allá, Cuauhtémoc Medina y, supongo, otros artístas plásticos.

En el ruidero que tanta gente hacía en el Covadonga, nuestra charla obsena se perdía, por fortuna. Paola iba con su amiga Lucyfer, quien me cayó poca madre. Y, bueno, obvio que no diré de lo que hablábamos, sólo que la pasamos muy bien y que nos reíamos harto de nuestras obsenidades. La mesa de Ernesto estaba cada vez más llena: llegó Gerardo, de Aldus, Luis Felipe Fabre, y Cristina Rivera Garza acompañada de su editora; al verme, la crg me echó una mirada más de disgusto que de sorpresa (no quiero --y ya no puedo, según mi terapeuta-- pensar en lo que pensará cuando lea la reseña que hice de su última novela). Un par de chelas y estábamos a punto de irnos cuando llegó Guillermo Fadanelli con un grupo de personas entre las cuales sólo recuerdo a Alejandro Páez, de Día siete, y a Carlos Martínez Rentería, de Generación.

Fadanelli no me recordaba, hube de decirle que estuvimos en el encuentro de escritores jóvenes de Monterrey, con nuestra amadísima Gaby Torres. A partir de allí, ya más en confianza, empezó a cargarme carrila en buena lid. Qué los gays no sé qué, que los gays no sé cuánto... Yo sólo me reía. Dijo que dos mujeres se habían quedado en su casa a dormir juntas. Yo dije que tenían nombre de teiboleras y que seguramente en mitad de la noche se habían echado su tijeretazo (o tortillazo o tlayudazo, as u like it --as u suck it). "Este dice cosas peores que yo", dijo Fadanelli. Y brindamos, again.

Lucyfer, con los pantalones bien puestos, prendía cigarros y los fumábamos debajo de la mesa. Nos reíamos mucho de nuestro atrevimiento. Sólo un par de veces un mesero logró apagar unos cigarros. Lo lamentaba por el pobre de Fabre que a cada rato tenía que salir a la puerta a fumar. Me parecía una pendejada, y así lo dije, que podríamos con toda seguridad estarnos metiendo unas rayas sobre la mesa, pero tener que fumar debajo de ella. "Para que confirmes que la ley es siempre estúpida", dijo Fadanelli. Le celebré su comentario tan atinado y brindamos con las chelas en mano.

Después, no sé por qué, o no creo recordar a ciencia cierta, Fadanelli habló de un cuento de Roth (el austriaco, no el gringo), sobre un anarquista que quiere matar a un poderoso. Así, el anarquista se propone matar por cualquier medio al poderoso y pone fecha: Mañana al medio día lo mataré, dice. Y lo cumple, pero con su propio suicidio. La reflexión fue interesante. Todo esto, con chelas, cigarros bajo la mesa y alguna charla entrecortada alrededor.

Después, llegado un amigo de Willy, empezó a hablar de José Revueltas, y su escritura. El tema giró a Martín Luis Guzmán. Sin duda, los dos grandes prosistas de la literatura mexicana del siglo XX. Sobre Guzmán, Fadanelli dijo que tenía una prosa casi perfecta. Coincido totalmente con él.

En fin, tampoco quiero decir que aquello fue un simposio o una cátedra. Detesto, y quizá lo sepan quienes me conocen, a esas personas que durante una conversación tienen que estar demostrando lo inteligentes, cultos y leidos que son. "Hey, ve qué inteligente soy cuando te expongo en tu jeta ignorante la fórmula de la bomba atómica", me parece que siempre dicen. Sencillamente no lo soporto. Me parece una pose y una pretención extrema. O eso de tener que hablar, siempre y solamente, de cosas muy elevadas. Argh! eso me repatea. Quiero decir que con Fadanelli no fue así, uno agradece esos comentarios lúcidos, sin duda, pero colados en la conversación banal sobre las cosas de todos los días de la vida. No cuando se ponen a pontificar de forma deliberada.

Anoche la pasé súper y lo mejor de todo fue que llegué temprano a casa.


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Me contaron, hace poco, que fue en el Covadonga donde algún valiente le dijo a De Mauleón algo así como "Ah, hasta que vuelves a dirigirnos la palabra ya que no tienes donde publicar a tus puros amigos". Esto, claro, habiendo desaparecido el Confabulario.

10.6.08

[The queerest of the queer]

El himno oficial de este congal virtual.



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Itunes: 1885 canciones.